El marcador final dice 17-11. Pero reducir la derrota de los Toronto Rock ante Las Vegas Desert Dogs a una simple diferencia de goles sería quedarse corto. Este partido, disputado en el TD Coliseum de Hamilton, fue una radiografía incómoda de un equipo que todavía busca estabilidad en una liga donde la intensidad no perdona distracciones.
Toronto golpeó primero. Josh Jubenville abrió el marcador y por un breve instante el ambiente sugirió que los Rock podían controlar la noche. Esa ilusión duró poco. Las Vegas respondió con rapidez y, antes del cierre del primer cuarto, el partido ya se había inclinado 3-1 a favor de los visitantes.
En lacrosse profesional, el ritmo no se negocia. No existe el “vamos a enfriar el partido” del fútbol ni la pausa estratégica del béisbol. Aquí, cada error se castiga casi de inmediato, y Toronto comenzó a pagar caro su falta de consistencia defensiva.
El segundo cuarto mantuvo cierta paridad, pero no cambió la sensación general. Al descanso, el marcador 6-4 seguía dejando a Toronto con vida, aunque sin imponer condiciones. El verdadero quiebre llegó al inicio del tercer periodo.
La lesión del portero titular Troy Holowchuk alteró por completo el equilibrio del encuentro. Entrar “en frío” para un guardameta de lacrosse es uno de los escenarios más ingratos del deporte: disparos que superan los 150 km/h, tráfico constante frente al arco y cero margen para acomodarse. Nick Rose, veterano y líder silencioso del equipo, asumió el reto sin preparación previa.
Las Vegas no tuvo piedad. Aprovechó un power play para marcar y luego encadenó tres goles consecutivos que rompieron el partido. De un marcador manejable se pasó a un 9-4 que obligó a Toronto a remar contra corriente.
Los Rock reaccionaron con orgullo, anotando tres goles propios, pero el daño ya estaba hecho. Un demoledor tramo de 6-1 para Las Vegas, que se extendió desde los segundos finales del tercer cuarto hasta bien entrado el último periodo, selló el destino del encuentro.
En medio de la derrota, hubo actuaciones que merecen atención. CJ Kirst fue el rostro de la resistencia: cuatro goles, una asistencia y diez pelotas sueltas recuperadas. Para el lector latino, este dato es clave: las loose balls son el termómetro del esfuerzo en lacrosse. Ganarlas implica contacto, lectura y sacrificio. Kirst dominó ese aspecto, aunque sin recompensa colectiva.
El partido también dejó cifras simbólicas. Nick Rose disputó su juego número 209 con la franquicia, superando a Bob Watson y quedando segundo en la historia del equipo. Un hito personal en una noche amarga.
Pero el dato más revelador fue táctico: Toronto terminó 0 de 1 en power play, mientras que Las Vegas fue perfecto con 3 de 3. En una liga donde las ventajas numéricas suelen decidir partidos, esa diferencia explica más que cualquier discurso.
La frase del veterano Brad Kri tras el encuentro fue tan honesta como dura: “No jugamos bien en ningún cuarto”. Y tenía razón. No fue una derrota aislada; fue una advertencia.



