La película de Sharon Kleinberg aborda la identidad de género, la gestación y el deseo de formar una familia a través de la historia de un hombre trans. El actor Oustin León interpreta a Mario y aporta a la ficción parte de su propia experiencia.
Hay historias que llegan al cine para entretener. Y hay otras que llegan para hacernos preguntas.
Soy Mario, dirigida por Sharon Kleinberg, pertenece a esta segunda categoría. La película pone en el centro a Mario, un hombre trans que enfrenta una posibilidad que todavía resulta difícil de comprender para muchas personas: gestar y convertirse en padre.
La historia abre una conversación sobre identidad de género, masculinidad, reproducción y familia, pero también sobre los prejuicios que pueden aparecer cuando una persona decide construir su vida fuera de las expectativas tradicionales.
Para una comunidad latinoamericana como la de Toronto, donde conviven distintas generaciones y perspectivas culturales, el tema puede resultar especialmente significativo. Muchas personas crecieron con definiciones muy establecidas sobre lo que significa ser hombre, ser mujer, formar una familia o ejercer la paternidad.
Soy Mario propone mirar esas ideas desde otra perspectiva.
Una película nacida de una investigación
Para Sharon Kleinberg, el proyecto comenzó con una preocupación por la discriminación que enfrentan las personas trans.
La directora explica que su investigación la llevó a conocer y entrevistar a diferentes personas trans y a descubrir una realidad que, según ella, pocas veces aparece en las conversaciones sobre identidad de género: las dificultades y los prejuicios que algunas personas enfrentan cuando desean formar una familia.
Kleimberg considera que el cine puede contribuir a reducir ese estigma y abrir espacios para que las personas trans puedan hablar de sus deseos, sus relaciones y sus proyectos familiares sin quedar sometidas al juicio moral, social o religioso.
La película, sin embargo, no pretende presentar una única manera de reaccionar ante esta realidad.
La directora decidió incorporar al relato a distintos personajes —familiares, amigos, colegas y parejas— para mostrar que cada persona puede enfrentarse de manera diferente a una situación que desafía sus expectativas.
La intención, explica Kleinberg, es evitar las etiquetas y los juicios y mostrar simplemente una parte de una realidad humana.
Oustin León: interpretar desde la experiencia
Mario es interpretado por Oustin León, un hombre trans cuya propia experiencia contribuyó a darle profundidad al personaje.
León explica que la capacidad reproductiva y la identidad de género son aspectos diferentes. Para él, tener determinados órganos reproductivos no define la masculinidad de una persona.
Su participación en Soy Mario también tuvo una dimensión personal.
Cuando recibió el guion, León reconoció elementos de una experiencia trans que le resultaban cercanos. La directora incluso le advirtió que el proyecto podía abrir algunas heridas personales.
Aun así, decidió participar.
Para León, era una oportunidad para contribuir a una conversación que considera necesaria: hacer visible la existencia de los hombres trans y, particularmente, la posibilidad de que algunos puedan gestar.
Su participación también plantea una cuestión importante sobre la representación en el cine: quién cuenta estas historias y desde qué lugar.
Para Kleinberg, que Mario fuera interpretado por un hombre trans era fundamental para aportar autenticidad y dignidad a la representación de las personas trans en pantalla.
Separar masculinidad, cuerpo y paternidad
Uno de los planteamientos centrales de Soy Mario es la necesidad de separar conceptos que tradicionalmente hemos aprendido a considerar inseparables.
Ser hombre.
Ser masculino.
Tener determinadas características corporales.
Ser padre.
No necesariamente son la misma cosa.
La película utiliza una historia de ficción para explorar precisamente esa separación y cuestionar la idea de que la anatomía determina por sí sola la identidad o las posibilidades de construir una familia.
No se trata necesariamente de convencer al espectador de una determinada posición.
Se trata, en buena medida, de permitirle mirar.
Una conversación que también involucra a las familias
La historia de Mario no se desarrolla en aislamiento.
La película muestra las reacciones de las personas que forman parte de su entorno: la madre, las hermanas, los colegas y la pareja.
Esas reacciones pueden ser diferentes. Algunas personas pueden aceptar. Otras pueden rechazar. Otras pueden necesitar tiempo para comprender.
Y allí aparece otra de las preguntas que plantea Soy Mario: ¿qué ocurre cuando alguien cercano rompe con las expectativas que teníamos sobre quién debía ser?
Para las familias, la diversidad de género también puede representar un proceso de aprendizaje.
Especialmente entre generaciones que fueron educadas dentro de modelos familiares más tradicionales, comprender estas experiencias puede requerir tiempo, conversación y, sobre todo, disposición para escuchar.
Cine para abrir preguntas
Sharon Kleinberg no plantea que una película pueda resolver por sí sola las diferencias sociales alrededor de las personas trans.
Su expectativa es más sencilla: que alguien que vea Soy Mario pueda modificar, aunque sea ligeramente, su percepción.
La directora aspira a una sociedad donde exista mayor apertura hacia la diversidad y donde las personas puedan convivir sin que las diferencias se conviertan automáticamente en motivos de rechazo.
Esa mirada también puede resultar relevante en Toronto, una ciudad marcada por la diversidad cultural y migratoria, donde las comunidades latinoamericanas conviven con distintas generaciones, identidades y experiencias.
En ese contexto, una película como Soy Mario puede servir como punto de partida para una conversación que va más allá del cine.
Una historia que invita a escuchar
Quizás uno de los mayores valores de Soy Mario está precisamente en no presentar el tema como una discusión abstracta.
Detrás de las palabras identidad, masculinidad, gestación o diversidad hay personas.
Hay familias.
Hay relaciones.
Hay deseos.
Y también hay miedos y preguntas.
Oustin León llegó al proyecto desde su propia experiencia y decidió convertirla en una oportunidad para visibilizar una realidad que todavía muchas personas desconocen.
Sharon Kleinberg, por su parte, utiliza el cine para acercarse a esa realidad sin convertirla necesariamente en una lección.
La película invita a mirar y, sobre todo, a escuchar.
Porque las sociedades cambian. Las generaciones cambian. Y también aprendemos.
Aprender no significa necesariamente abandonar nuestros valores. Puede significar ampliar nuestra capacidad de comprender al otro y reconocer que la dignidad de una persona no depende de que su vida encaje en las categorías con las que nosotros crecimos.
Soy Mario propone precisamente eso: mirar una historia diferente y preguntarnos qué sucede cuando dejamos de juzgar y comenzamos a escuchar.



