
Monseñor Romero: La Voz que no Pudieron Silenciar
El día 24 de marzo de 1980 fue cobardemente asesinado por el Ejercito de El Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Este 24 de marzo el pueblo salvadoreño y la comunidad internacional recuerdan el 46 aniversario del asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador y símbolo de la lucha por la justicia social.
Romero no siempre fue una figura polémica. Antes de convertirse en la voz de los sin voz, era considerado un hombre prudente, incluso conservador dentro de la Iglesia. Sin embargo, la realidad de su país lo transformó profundamente. A finales de la década de 1970, El Salvador vivía una creciente represión contra campesinos, trabajadores, estudiantes y líderes sociales. La violencia estatal y las desapariciones eran parte del día a día.
El punto de quiebre en la vida de Romero fue el asesinato de su amigo, el sacerdote Rutilio Grande, el 12 de marzo de 1977. A partir de ese momento, Romero asumió con claridad una misión pastoral distinta: denunciar la injusticia, los abusos, la represión y defender la dignidad humana.
Desde el púlpito de la Catedral Metropolitana y a través de sus homilías transmitidas por radio, Romero comenzó a documentar violaciones a los derechos humanos, nombrando a las víctimas y señalando a los responsables. Su palabra se convirtió en refugio para el pueblo y en incomodidad para los poderosos.
“En nombre de Dios… les suplico, les ruego, les ordeno: ¡cese la represión!”, pronunció el 23 de marzo de 1980, en lo que sería su última homilía.
Un día después, el 24 de marzo, mientras celebraba misa en la capilla del hospital Divina Providencia, Romero fue asesinado por un francotirador. Su muerte marcó un antes y un después en la historia salvadoreña y se convirtió en uno de los hechos más simbólicos del inicio de la guerra civil, conocida como Guerra Civil de El Salvador.
Pero su asesinato no silenció su mensaje. Al contrario, lo amplificó.
Después de su martirio, Romero se convirtió en un referente universal de fe comprometida con la justicia. Su figura trascendió fronteras religiosas y políticas, siendo reconocido como defensor de los derechos humanos y mártir de los pobres. En 2018, fue canonizado por el Papa Francisco de la Iglesia Católica, consolidando su legado espiritual, como San Romero.
Hoy, su voz sigue viva en las luchas por la dignidad, en las comunidades que resisten la injusticia y en quienes creen que la fe no puede separarse de la defensa de la vida.
Para las comunidades latinoamericanas en Canadá, como las que forman parte de CHHA 1610 AM y nuestra Iglesia San Lorenzo la memoria de Monseñor Romero es también un recordatorio de nuestras raíces, de nuestras historias de lucha y de la importancia de mantener viva la solidaridad.
Recordar a Romero no es solo mirar al pasado. Es preguntarnos, hoy, de qué lado estamos frente a la injusticia.
Porque como él mismo dijo:
“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.
Y 46 años después, su palabra sigue caminando.
Por: Edgar Saúl Godoy



